jueves, 2 de marzo de 2017


Dicen que no eres consciente de la cantidad de gente a la que odias hasta que tienes que ponerle nombre a tu hijo.

Y es cierto. Desde el momento en que nos enteramos de que mi mujer estaba embarazada hasta que por fin encontramos un nombre que nos convenciese a los dos pasó bastante tiempo. Los nombres que a ella le gustaban a mí no, o me recordaban a imbéciles de mi pasado, o eran los de alguna de mis exes, y viceversa. Pero finalmente dimos con uno que nos gustaba a ambos:

Alaia.

Y Alaia se quedó. Y durante meses de hablar de Alaia, ese fue el nombre que se fue afianzando a fuego en nuestras cabezas. Alaia. Finalmente, nuestra hija nació el sábado pasado (un parto rápido y sin complicaciones, todo ha ido genial, la mamá y la niña están estupendamente, gracias 😉), y el martes teníamos cita en el registro para inscribirla. Una vez pasase esa fase, ya se haría oficial. No había vuelta atrás. Pero no pasa nada, aunque tardamos varios meses en dar con el nombre, ya era seguro... ¿no?

Pues...

El lunes por la tarde/noche le presentamos a la niña a una amiga británica que tenemos, y le dijimos su nombre. Ella lo repitió en su acento inglés, con sus sonidos ingleses intentando acercarse lo más posible a la pronunciación vasca del nombre. Y de repente algo hizo click en mi cabeza.

"Alaia". Que en inglés británico suena exactamente igual que "A liar" (un mentiroso / una mentirosa).

¡Habíamos estado a punto de darle a nuestra hija un nombre que en el país donde vivimos siempre se confundiría con UNA MENTIROSA! Después del momento de pánico inicial nos pusimos a revisar listas de nombres de niña y a probar cómo sonaban. Y al poco tiempo dimos con la solución.

Nuestra segunda hija se llama (porque ya está registrada como tal) Amaia. Que se parece bastante pero no suena a acusación de ningún tipo. Todavía nos confundimos y la llamamos Alaia la mitad de las veces (al fin y al cabo han sido meses de referirnos así a ella), pero poco a poco nos vamos acostumbrando al nombre.

La cosa ha quedado en una curiosa anécdota que contarle a nuestra hija cuando crezca, pero ahora mismo la sensación que reina en casa es la de "menuda bala hemos esquivado". Y si eso nos enseña algo, amigos míos, es a que tenéis que tener mucho cuidado con los nombres que le ponéis a vuestros hijos en caso de que estéis viviendo en un país extranjero, y hacer que un nativo lo pronuncie delante de vosotros varias veces para ver si hace saltar alguna alarma.