jueves, 25 de mayo de 2017


Necesito poner el blog en pausa.

Hay demasiadas cosas moviéndose y cambiando en mi vida ahora mismo, y no tengo ni tiempo ni motivación para seguir escribiendo ahora mismo. Ya lo hacía solo de pascuas a ramos, y de aquí en adelante va a ser peor. Así que lo honesto es parar ahora, poner el proyecto en pausa, y esperar a que las aguas se calmen.

Más adelante, cuando el momento sea el adecuado, tocará volver a la mesa de trabajo y estudiarse de nuevo los planos. Decidir a dónde quiero ir con el proyecto, cómo quiero hacerlo y, si hace falta, hacer borrón y cuenta nueva y empezar de cero otra vez.

Hasta entonces, gracias a todos por estar ahí, ha sido un viaje interesante. Nos vemos de nuevo cuando le vuelva a dar al play.

martes, 4 de abril de 2017


Hace una temporada hable por aquí de las rutinas de nuestra hija (por entonces hija única, ahora la mayor) a la hora de irse a dormir por la noche. Como es obvio, esa rutina ha cambiado considerablemente desde que escribí el post. No solo porque éste tenga casi un año y la niña haya cambiado sus gustos y pareceres media docena de veces en ese tiempo, sino porque además nos hemos mudado de casa desde entonces, lo que añade un factor extra de volatilidad.

Por resumir, pasamos una temporada en la cual la peque (bueno, la mayor... mira, para aclararnos, a partir de ahora llamaré Ab. a la mayor y Am. a la pequeña, y así todo mucho más simple) era completamente incapaz de dormirse antes de medianoche. Con una rutina estable, eso sí, pero acabando el día tardísimo. Después de discutirlo con nuestro psicólogo, empezamos un proceso por el cual conseguimos adelantar la hora de dormirse a, en general, entre las 10 y las 10:30 de la noche. Ni tan mal, considerando lo anterior.

Durante unas cuantas semanas, todo ha ido como la seda.

Pero todo se fue al garete la semana pasada con el dichoso cambio de hora. No era consciente de lo mucho que puede llegar a afectar un cambio así a las rutinas y los ritmos de un niño de dos añitos recién cumplidos. Desde el día siguiente al cambio, Ab. ha empezado a dormir fatal. Ya no es solo que le cueste más dormirse (y hayamos vuelto casi a la medianoche). Es que hemos pasado a una situación en la cual va prácticamente a berrinche por noche, se mueve más que un rabo de lagartija... Para colmo de males, ha empezado a despertarse horriblemente pronto: Antes no abría el ojo antes de las nueve y media, y ahora no hay forma de mantenerla en la cama después de las siete de la mañana. Parte de la culpa de esto puede ser de las horas de sol en Reino Unido, que a medida que se acerca el verano se alargan absurdamente: Durante el mes de junio veremos amanecer a las cinco menos cuarto de la mañana y no anochecerá hasta las nueve y media de la noche.

Así que, mientras tanto, yo me pregunto: Si el cambio de hora se sabe desde hace tiempo que no sirve para nada, y encima descuadra por completo a los más peques de la casa... ¿por qué puñetas seguimos haciéndolo?

jueves, 2 de marzo de 2017


Dicen que no eres consciente de la cantidad de gente a la que odias hasta que tienes que ponerle nombre a tu hijo.

Y es cierto. Desde el momento en que nos enteramos de que mi mujer estaba embarazada hasta que por fin encontramos un nombre que nos convenciese a los dos pasó bastante tiempo. Los nombres que a ella le gustaban a mí no, o me recordaban a imbéciles de mi pasado, o eran los de alguna de mis exes, y viceversa. Pero finalmente dimos con uno que nos gustaba a ambos:

Alaia.

Y Alaia se quedó. Y durante meses de hablar de Alaia, ese fue el nombre que se fue afianzando a fuego en nuestras cabezas. Alaia. Finalmente, nuestra hija nació el sábado pasado (un parto rápido y sin complicaciones, todo ha ido genial, la mamá y la niña están estupendamente, gracias 😉), y el martes teníamos cita en el registro para inscribirla. Una vez pasase esa fase, ya se haría oficial. No había vuelta atrás. Pero no pasa nada, aunque tardamos varios meses en dar con el nombre, ya era seguro... ¿no?

Pues...

El lunes por la tarde/noche le presentamos a la niña a una amiga británica que tenemos, y le dijimos su nombre. Ella lo repitió en su acento inglés, con sus sonidos ingleses intentando acercarse lo más posible a la pronunciación vasca del nombre. Y de repente algo hizo click en mi cabeza.

"Alaia". Que en inglés británico suena exactamente igual que "A liar" (un mentiroso / una mentirosa).

¡Habíamos estado a punto de darle a nuestra hija un nombre que en el país donde vivimos siempre se confundiría con UNA MENTIROSA! Después del momento de pánico inicial nos pusimos a revisar listas de nombres de niña y a probar cómo sonaban. Y al poco tiempo dimos con la solución.

Nuestra segunda hija se llama (porque ya está registrada como tal) Amaia. Que se parece bastante pero no suena a acusación de ningún tipo. Todavía nos confundimos y la llamamos Alaia la mitad de las veces (al fin y al cabo han sido meses de referirnos así a ella), pero poco a poco nos vamos acostumbrando al nombre.

La cosa ha quedado en una curiosa anécdota que contarle a nuestra hija cuando crezca, pero ahora mismo la sensación que reina en casa es la de "menuda bala hemos esquivado". Y si eso nos enseña algo, amigos míos, es a que tenéis que tener mucho cuidado con los nombres que le ponéis a vuestros hijos en caso de que estéis viviendo en un país extranjero, y hacer que un nativo lo pronuncie delante de vosotros varias veces para ver si hace saltar alguna alarma.

jueves, 2 de febrero de 2017


*Papá en UK abre el blog y mira la fecha del último post. Se da cuenta, con una mezcla de sorpresa y horror, de que hace casi seis meses que no publica una sola entrada. Disimulando, se pone a escribir como si acabase de publicar el post previo ayer mismo.*

Una nueva semana, una nueva polémica. ¡Lo que nos aburriríamos si no fuese por ellas! En esta ocasión le ha tocado el turno a las declaraciones de Samanta Villar para una entrevista que se publicó la semana pasada. Sobre todo con el titular donde dice que tener un hijo es perder calidad de vida. Son un tipo de declaraciones que siempre levantan mucho revuelo, así que era bastante de esperar (tanto que cuesta pensar que no lo haya buscado a propósito) que hubiese polémica.

He leído todo tipo de declaraciones, a favor y en contra. Entre ellas, me han llamado la atención los comentarios hechos desde ciertas posiciones que critican duramente a Villar y a quienes comparten su opinión. Son gente que ha vivido (o que vive) una maternidad mágica, o una maternidad idílica, para quienes todo es perfecto y positivo y maravilloso. Son gente que opina que madres como Villar son malas madres, o han sido madres a la fuerza, o simplemente que no sabe lo que dice. Es una postura con la que no estoy para nada de acuerdo: hay gente que, efectivamente, por su conjunto de circunstancias, tienen la suerte de haber vivido una experiencia absolutamente positiva. O personas para las que ser [p|m]adres era la máxima ilusión de su vida y se han encontrado completamente realizados. Pero es injusto (y equivocado) acusar a todos aquellos que no viven la paternidad como ellos de ser malos padres o de estar equivocados.

Por otra parte, está la postura que defiende Villar en su entrevista, donde también generaliza, pero en sentido contrario. Según ella, todo el mundo pierde calidad de vida y felicidad al tener un hijo, a todos nos engañan con respecto a lo que es ser padres, y considera que lo normal es poco menos que arrepentirse de haberlo hecho. Donde afirma que lo mejor es ser tíos, porque así vives los momentos buenos pero te libras de los malos. También creo que ella se equivoca.

No hay dos personas en este mundo que vivan el ser padres de la misma forma. Ni siquiera ambos progenitores tienen la misma experiencia con un mismo hijo. Todo depende del conjunto de circunstancias que rodean a cada uno, de la cantidad de hijos que se tengan, de cómo se comporten, de la propia personalidad de cada uno de nosotros... De mil y un factores más que invalidan las generalizaciones, ya sean en un sentido o en el en otro.

Lo que sí que es cierto es que la sociedad nos vende muchas veces una imagen muy idílica de la paternidad, donde todo es ideal y maravilloso, y que no te prepara para los momentos más duros y difíciles (que los hay). Como bien dicen Rufus Griscom y Alisa Volkman en su charla de TED hay una serie de temas que parecen tabú a la hora de hablar de la paternidad. Y son precisamente esos temas los que hay que dar a conocer, porque son complicaciones y dificultades que pueden estar ahí y a las que hay que saber enfrentarse. Me gusta especialmente lo que comentan a partir del minuto 11:30 sobre cómo varios estudios han encontrado que la percepción de la propia felicidad en una pareja cae en un profundo valle desde el momento en que se tiene un hijo del que no se sale hasta que tu primogénito empieza la universidad y de cómo consideran que, de haber más información disponible acerca de qué aspecto tienen los momentos complicados de la crianza, de modo que la gente estuviese más preparada para ellos, probablemtente ese valle sería bastante menos profundo.

En mi caso particular, ¿puedo decir que la paternidad me ha quitado calidad de vida? Honestamente: sí, lo ha hecho. Duermo menos, estoy sometido a más estrés y más preocupaciones en mi día a día, hago menos deporte (con el consiguiente aumento de peso), tengo mucho menos tiempo para poder dedicarlo simplemente a mi mujer y a mí mismo (sin que esté la peque de por medio)... En ese aspecto sí, mi calidad de vida ha empeorado. Ahora bien, ¿cambiaría una sola cosa de mi hija y de mi relación con ella o renunciaría aunque solo fuese a una mínima parte de mi tiempo con ella para tener alguna de las cosas que he listado antes? También lo tengo muy claro: NO. Jamás. Ni por un solo momento.

No solo eso, sino que incluso a sabiendas de lo duro que en ocasiones puede llegar a ser el ser padres, hace unos meses decidimos dar el salto e ir a por el segundo (por cierto, casi con toda seguridad va a ser otra niña). Porque no todo es tan bonito como lo pintan algunos, pero es mucho menos horrible que cómo lo pintan otros.

*Satisfecho con el resultado, Papá en UK termina de releer lo que acaba de escribir y hace click en Publicar otra vez después de todo este tiempo, mientras anota mentalmente que, algún día, tiene que explicar por qué ha pasado tanto tiempo desconectado.*