jueves, 19 de mayo de 2016


El sábado pasado no publiqué post de #SábadoDeYouTube. Andaba ocupado preparando un viaje a Madrid para ver a la familia. Pero hoy recupero la imagen de cabecera para llamaros la atención sobre un vídeo que, si todavía no conocéis cuán distinta puede ser la efectividad de una sillita de coche a favor de la marcha y una a contramarcha, necesitáis ver sin falta.


Y es que hoy, 19 de mayo, las redes sociales están bullendo con un mensaje de concienciación: Ni Un Peque Más En Peligro. Está plenamente demostrado que las sillas de coche a contramarcha son muchísimo más seguras y eficaces a la hora de proteger a nuestros hijos que las sillas a favor de la marcha (y ya ni hablemos que de las sillitas con escudo...).



Os resalto aquí algunos fragmentos del post de Una Mamá de Otro Planeta, que es el cerebro detrás de esta campaña:


Las leyes de la física no van a esquivar a tu hijo porque tú las desconozcas. Si tienes un choque a 50 km/h, no hace falta más, sólo 50 míseros km/h que alcanzas, con toda probabilidad, CADA VEZ que coges el coche para esas seis manzanas que te separan de la guarde o del Carrefour, el cuello de tu hijo se puede romper.


Te lo repetiré: con un choque a sólo 50 km/h, tu hijo puede morir, puede quedar paralítico, puede sufrir lesiones cerebrales severas. El estado de maduración de su columna vertebral (lo “duras” que son las vértebras a esa edad temprana) y el nivel de desarrollo de su musculatura no le van a proteger todavía de una tracción fuerte. En este caso, de una tracción de nada menos que 320 kg. Eso es lo que se lleva su cuellecito con un impacto como el que estamos hablando. La médula puede llegar a estirarse más de cinco centímetros y, créeme, las consecuencias de algo así son aterradoras.

[...]

Y no hace falta un choque, en realidad. Con una deceleración brusca, la fuerza de tracción puede llegar a ser similar. Un niño que sale corriendo tras un balón, un coche que se salta un STOP, un animal que cruza repentinamente una carretera secundaria… Hay demasiadas variables al volante que hacen que nunca tengamos todo bajo control y pueden ponernos en una situación de peligro inesperada. Aunque seamos buenos conductores. Aunque seamos prudentes. Aunque creamos ir pendientes de todo cuando llevamos a los peques en el coche.

[...]

Una vez leí en un libro acerca de la teoría de los noventa y nueve soldados. Te la resumo: si la noche antes de una batalla un adivino vaticinase a las tropas que de los cien soldados que son, sólo uno va a sobrevivir, todos pensarían para sus adentros “vaya, lo siento por los otros noventa y nueve”. Por favor, no te arriesgues confiando en ser el número cien.

Y aquí con otro fragmento de un post de Mamis y bebés realmente interesante donde desmonta mitos con claridad meridiana:

"Se les van a romper las piernas”

En un accidente con la silla mirando al frente se toma en consideración la línea de los asientos (línea roja). Para que algo se homologue la cabeza (repito, SÓLO LA CABEZA) no ha de pasar esta línea. Como veis, las piernas pasan de sobra la línea y chocan con el asiento delantero. Por eso en accidentes frontales con sillas mirando al frente es tan común que los niños se rompan las piernas. En cambio cuando las sillas van mirando a contramarcha la silla apenas se desplaza y las piernas están mucho más protegidas.

Y para acabar, como he comentado al principio, estos días pasados hemos estado de visita por Madrid. Y no ha habido viaje que hiciésemos en coches en el que nuestra peque no haya ido tan segura como nos ha sido posible... a contramarcha, por supuesto.


martes, 10 de mayo de 2016


Tercera semana de #ElTemaDeLaSemana de los @PapásBlogueros. Esta semana, uno de esos temas que te tocan la patata de cerca. Y esta vez, como no podría ser de otra forma, va a ser algo más largo que un micropost.

El tema de la semana es: Figuras inspiradoras en tu vida.

E inmediatamente y sin dudarlo ni un segundo, respondo con facilidad: Mis padres. Tanto mi madre como mi padre han sido y son las dos figuras que más me han inspirado. Son buenos, amables, cariñosos y comprometidos. Son dos de las personas a las que más quiero en el mundo, y estaba claro que un post como este iba a ser dedicado a ellos sí o sí.

De mi padre hay una anécdota que siempre me gusta recordar, creo que resume a la perfección su forma de ser y el cariño con el que me crió. Retrospectiva, imagen en sepia. Entro por la puerta llorando, un pequeño yo de nueve o diez años llegando a casa con un par de lagrimones rodándole por las mejillas.

Mi padre, preocupado, me pregunta qué me sucede, y yo se lo cuento. Durante los últimos días en el patio del colegio un grupo de chicos habíamos formado un club en el que corríamos nuestras aventuras imaginarias jugando y brincando de un lado para otro. Éramos los Halcones Negros. Yo estaba especialmente orgulloso porque la idea y el nombre habían sido míos. No siendo el tipo de chico que solía ser el líder de la clase, que media docena de compañeros se hubiesen subido al carro me parecía un logro sin precedentes. Todo iba sobre ruedas hasta que un día, vaya usted a saber cómo o por qué, los otros chicos decidieron echarme. ¡De mi propio club! Y yo, bobo de mí, lloré desconsoladamente.

 Al momento mi padre me dio la solución: Si me habían expulsado de los Halcones Negros, lo que tenía que hacer era formar un nuevo club. Uno más grande, más imponente. Las Águilas de Acero. Los halcones son unas aves de presa imponentes, pero las águilas son más grandes, más fuertes, vuelan más alto y en una pelea un halcón, por muy negro que fuese, nunca podría ganar a un águila con garras de acero. Esos fueron los argumentos que me dio. Y me parecieron tan convincentes que la tristeza se me pasó del todo. Incluso cogimos papel y pinturas y me ayudó a dibujar un logo para mi nuevo club.

Al día siguiente aparecí en el patio con mi emblema de las Águilas de Acero. Los chicos de los Halcones Negros se rieron de mí y me dijeron una y otra vez que era una mala copia de los Halcones Negros, algo que había hecho solo porque ya no me dejaban ser de su club. Pero me dio completamente igual. Era mi club. Y mi padre me había ayudado a fundarlo con todo su cariño y buena intención.

A mi madre tengo que agradecerle también no solo su cariño y cuidado, sino la fuerza y tenacidad con la que cuidó de mí y de mi hermano, como siempre estuvo ahí para lo que hiciese falta. Lo fácil que es tratar con ella, y la ilusión con la que se vuelca siempre en aquello que tiene que hacer.

Ella nació en Bilbao y pasó allí toda su infancia y juventud. Dos años después de que yo naciese, mis padres se mudaron a Madrid. Cinco años después de eso nació mi hermano. Y más o menos sobre aquellas fechas mi padre tuvo que irse a trabajar a Santander. Se plantearon mudarse para allá, pero mis alergias lo hicieron inviable, así que durante unos cuantos años (hasta que mi padre consiguió un traslado de vuelta a Madrid), mi padre pasaba los días de diario allí y venía a casa los fines de semana. Durante varios años, fue mi madre la que durante cinco días a la semana se hizo cargo en solitario de mí y de mi hermano recién nacido. Ahora que somos mi mujer y yo los que vivimos lejos de los abuelos (y de cualquier otro miembro de la familia, en realidad), no puedo sino maravillarme de la fuerza de voluntad de mi madre, y de su capacidad para organizar y salir adelante en el día a día con dos niños pequeños ella sola. Nosotros aquí somos dos adultos, un solo bebé, y a veces nos vemos desbordados por los acontecimientos.

Y así, por cosas como estas que menciono aquí, es por lo que definitivamente mis padres son las figuras influyentes a las que va dedicado este post. Papá, mamá, os quiero.


sábado, 7 de mayo de 2016


Repasando mi TL en Twitter leo con envidia que estos días se celebra en Madrid la jornadas de Gestionando Hijos. Y se me ponen los dientes más largos aún al leer que Carles Capdevila estaba esta mañana allí, sobre el escenario, arrancándole una sonrisa a los asistentes.

Hoy aprovecho para empezar una nueva colección de posts, #SábadoDeYouTube, donde semanalmente enlazaré vídeos que me hayan gustado especialmente. Y la arranco con una de las charlas que más me han gustado sobre lo que significa ser padres, de la mano de Carles en las jornadas de Gestionando Hijos del año pasado. ¡Espero que lo disfrutéis!


viernes, 6 de mayo de 2016


Aceptémoslo: hay diferencias fundamentales en la forma en que los padres y las madres afrontamos la crianza de un hijo, sobre todo en el caso de los primogénitos.

Ya lo comenté en el post de presentación del blog: A la hora de compartir información y experiencias, de dar y buscar consejo y apoyo o simplemente de desfogarse ante frustraciones, las mamás nos ganan por goleada. Entras en un grupo de Facebook sobre [p|m]aternidad, BLW, o cualquier tema relacionado, y el 99.9% de la participación es femenina. Y no solo es abrumador el porcentaje, también el volumen de mensajes. Estos grupos de FB acumulan decenas de nuevos hilos cada día, cada uno de ellos con centenares de respuestas. Largas conversaciones donde las mamás intercambian desde quejas por sus suegras a detalles sobre lactancia y alimentación, cambio de pañales hasta cómo han cambiado sus vidas sexuales con sus parejas. Todo está abierto a discusión, intercambio y enriquecimiento.

De hecho, en el apartado de quejas no son pocas las que van dirigidas a nosotros, los padres de las criaturas. Cuando no nos involucramos tanto como deberíamos en la crianza de nuestros hijos, cuando en ocasiones somos un tanto desastre o descuidamos nuestras obligaciones como padres.

Todo esto lo puedo ver claramente en un par de grupos de WhatsApp: Dos grupos con los asistentes a un curso de preparación a la [p|m]aternidad al que asistimos hace ya cerca de dos años. Un grupo de madres y otro de padres. A través de mi mujer sé que el grupo de mamás tiene actividad regular, hablan entre ellas comentando los avances de los peques y hasta intercambian fotos. En el grupo de los papás, el último mensaje es del 4 de julio del año pasado; una disculpa por no haber podido ir a una quedada en el pub. Quedadas en las que se hablaba de trabajo, deportes, viajes... Pero poco o nada de paternidad.

Lo cual me lleva a plantearme... ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué los hombres parecemos incapaces de hablar abiertamente de ciertos temas? Personalmente, creo que es algo cultural. De forma tradicional, la crianza de los hijos ha recaído en las mujeres. Lo cual ha hecho que nosotros hayamos dado la espalda a hablar de ello, porque simplemente La Sociedad™ no espera que lo hagamos. Queda muchísimo camino por recorrer, pero está en nuestra mano cambiar eso. Papás Blogueros ha abanderado iniciativas muy interesantes como #siloshombreshablasen o Padres Igualitarios, pero hay que seguir trabajando en ello.

Hablar abiertamente de cualquier tema relacionado con la paternidad nos ayuda a todos: padres, madres e hijos. Nos ayuda a estar mejor preparados ante las eventualidades de la paternidad, porque muy probablemente lo que le pase a nuestro hijo ya le haya pasado al de alguien más y hayamos podido leer sobre ello. Nos abre a nuevas experiencias e ideas que, de otra forma, podrían pasarnos desapercibidas. Y nos da una vía de escape para la frustración y el descontento cuando las cosas se tuercen.

Papás del mundo, hablad sin miedo. Participad en las discusiones. Compartid lo que habéis aprendido. Todos saldremos ganando. Nos leemos en la red. :)

lunes, 2 de mayo de 2016


Seguimos con el segundo post de la iniciativa #ElTemaDeLaSemana de @PapásBlogueros. ¿Que apenas publiqué ayer el primer post del tema de la semana? Pues sí, pero vamos a aprovechar que hoy estoy de vacaciones para darle un poco más a la tecla.

Esta semana el tema es: El peor momento del día.

En el post de ayer me quejaba de que era difícil escoger el mejor momento porque había muchos. En este caso, escoger un momento malo es difícil porque, afortunadamente, hay muy pocos. Tenemos la suerte de tener una niña realmente buena, fácil de cuidar y que no da apenas guerra, así que los momentos de tirarnos de los pelos los contamos con los dedos de las manos.

Pero dado que hay que escoger, yo diría que el peor momento del día es el ratito de antes de que la peque se vaya a dormir los días que está extremadamente cansada. Cuando, del sueño que tiene, está tan incómoda que arranca a llorar, se queja, no quiere colocarse de ninguna forma, y protesta y protesta sin parar. Porque tiene tanto sueño que no puede dormirse. Esos momentos, cuando da igual lo que hagas, cómo la cojas o por dónde la lleves, que ella sigue llorando, son los que muchas veces ponen a prueba nuestra paciencia y resistencia. Más aún si coinciden con esas noches en las que nosotros también estamos agotados tras un duro día. Hay veces que me la llevo en brazos y trato de dormirla paseando por el salón a oscuras, y soy yo el que se va quedando dormido de pie. Y entre eso y las quejas y las protestas, algunas noches he acabado bastante de los nervios.

Menos mal que, cuando por fin se duerme, resulta una criaturita tan tierna y encantadora que todo el mal rato previo queda casi inmediatamente olvidado...

domingo, 1 de mayo de 2016


Prácticamente sobre la bocina, pero aquí estamos. A iniciativa de @PapásBlogueros, cada semana habrá un tema del que hablar brevemente.

Esta semana es el turno de: El momento favorito del día.

Lo cual, la verdad sea dicha, es una puñeta tremenda. Porque... ¿cómo escoger mi momento favorito, cuando hay tantos en las escasas 24 horas que tiene un día? ¿Con qué quedarte cuando disfrutas de tantas pequeñas cosas a diario? ¿Me quedo con el momento en el que llego del trabajo y a mi hija se le ilumina la cara con una sonrisa al verme? ¿O cuando la veo chapotear feliz en la bañera? ¿Acaso no es fabuloso cuando le pongo algo de música y se pone a bailotear totalmente descoordinada pero adorable? O, por un poco feo que pueda quedar... ¿No es también una delicia cuando la peque se queda dormida y mi mujer y yo podemos achucharnos un rato?

Pero después de mucho meditarlo, y con tal de dar una respuesta al tema propuesto...

Mi momento favorito del día es cuando mi hija, con poco más de 14 meses, viene decidida hacia mí con un cuento en la mano. Y me lo da. E insiste en que se lo lea. No habla todavía, ni una sola palabra. Ni mamá, ni papá. Pero se hace entender. Y cuando quiere que le lea un cuento no hay quien la disuada. Me tumbo en el suelo de su habitación (o en la alfombra del salón, donde sea que quiera que le lea el cuento), viene hacia mí, se sienta bien incrustada contra mi pecho, y escucha feliz y relajada mientras leo. A veces me interrumpe a la mitad. Otras veces decide que quiere que le cuente el cuento leyendo páginas en orden totalmente aleatorio (ya se encarga ella de pasarlas y decidir qué página le leo) y otras, en vez de con uno, viene con tres cuentos para que le lea uno detrás de otro. Pero veo el cariño que le está cogiendo a los libros y la lectura ya desde muy pequeña, y no puedo sino derretirme de ternura. Y de ahí que ese sea mi momento favorito.