domingo, 25 de octubre de 2015


Volvimos ayer de una semanita por España visitando a familia y amigos. Por supuesto, llevamos a la peque para que sus tíos y los bisabuelos pudiesen disfrutar un poco con ella. Y por supuesto, como todas las otras veces que hemos ido, ha habido bronca por el humo.

A la hora de ver a la peque solo tenemos dos normas que pedimos cumplir a rajatabla:
  1. Si hay demasiada gente montando bulla y la peque se pone nerviosa, nos la llevamos a otro sitio hasta que se calme.
  2. Si alguien ha fumado recientemente y huele a tabaco, no puede coger al bebé.

Creo que son dos reglas muy sencillas y bastante de sentido común. La primera estaba pensada, sobre todo, para cuando era especialmente pequeña. Ahora ya con ocho meses disfruta mucho de que la gente le diga monerías. Pero la segunda... La segunda siempre nos provoca peleas. Cada vez que hemos ido a España hemos tenido por lo menos a dos familiares apestando a humazo de tabaco e insistiendo en querer coger en brazos al bebé. A lo cual nos hemos opuesto diametralmente.

"Hay que ver cómo sois, si no es para tanto."

Esa es la frase que me he hinchado a escuchar una y otra vez. Resulta que el malo de la película soy yo por no dejarles coger a la niña. No ellos, por venir apestando a tabaco (probablemente se habrán fumado el último en el portal de casa antes de subir) e insistir. No ellos por darle más importancia a su cigarro que a mi hija. No ellos por no pensar en la salud de la peque antes que en su vicio. No, el malo soy yo por no querer que mi hija acabe con el olor del tabaco impregnado por todo el cuerpo, o por querer protegerla de un elemento cancerígeno tanto como esté en mi mano.

Pues lo siento mucho, pero en ese campo me niego a ceder. Así que sí, hay que ver cómo soy. Soy un padre preocupado por la salud de su hija, y con tolerancia cero al tabaco cuando ella está por medio. Y si a alguien eso le parece mal, la solución es fácil. Que no vengan a verla y se queden en su casa, fumándose sus queridos cigarros.