martes, 4 de abril de 2017


Hace una temporada hable por aquí de las rutinas de nuestra hija (por entonces hija única, ahora la mayor) a la hora de irse a dormir por la noche. Como es obvio, esa rutina ha cambiado considerablemente desde que escribí el post. No solo porque éste tenga casi un año y la niña haya cambiado sus gustos y pareceres media docena de veces en ese tiempo, sino porque además nos hemos mudado de casa desde entonces, lo que añade un factor extra de volatilidad.

Por resumir, pasamos una temporada en la cual la peque (bueno, la mayor... mira, para aclararnos, a partir de ahora llamaré Ab. a la mayor y Am. a la pequeña, y así todo mucho más simple) era completamente incapaz de dormirse antes de medianoche. Con una rutina estable, eso sí, pero acabando el día tardísimo. Después de discutirlo con nuestro psicólogo, empezamos un proceso por el cual conseguimos adelantar la hora de dormirse a, en general, entre las 10 y las 10:30 de la noche. Ni tan mal, considerando lo anterior.

Durante unas cuantas semanas, todo ha ido como la seda.

Pero todo se fue al garete la semana pasada con el dichoso cambio de hora. No era consciente de lo mucho que puede llegar a afectar un cambio así a las rutinas y los ritmos de un niño de dos añitos recién cumplidos. Desde el día siguiente al cambio, Ab. ha empezado a dormir fatal. Ya no es solo que le cueste más dormirse (y hayamos vuelto casi a la medianoche). Es que hemos pasado a una situación en la cual va prácticamente a berrinche por noche, se mueve más que un rabo de lagartija... Para colmo de males, ha empezado a despertarse horriblemente pronto: Antes no abría el ojo antes de las nueve y media, y ahora no hay forma de mantenerla en la cama después de las siete de la mañana. Parte de la culpa de esto puede ser de las horas de sol en Reino Unido, que a medida que se acerca el verano se alargan absurdamente: Durante el mes de junio veremos amanecer a las cinco menos cuarto de la mañana y no anochecerá hasta las nueve y media de la noche.

Así que, mientras tanto, yo me pregunto: Si el cambio de hora se sabe desde hace tiempo que no sirve para nada, y encima descuadra por completo a los más peques de la casa... ¿por qué puñetas seguimos haciéndolo?

jueves, 2 de marzo de 2017


Dicen que no eres consciente de la cantidad de gente a la que odias hasta que tienes que ponerle nombre a tu hijo.

Y es cierto. Desde el momento en que nos enteramos de que mi mujer estaba embarazada hasta que por fin encontramos un nombre que nos convenciese a los dos pasó bastante tiempo. Los nombres que a ella le gustaban a mí no, o me recordaban a imbéciles de mi pasado, o eran los de alguna de mis exes, y viceversa. Pero finalmente dimos con uno que nos gustaba a ambos:

Alaia.

Y Alaia se quedó. Y durante meses de hablar de Alaia, ese fue el nombre que se fue afianzando a fuego en nuestras cabezas. Alaia. Finalmente, nuestra hija nació el sábado pasado (un parto rápido y sin complicaciones, todo ha ido genial, la mamá y la niña están estupendamente, gracias 😉), y el martes teníamos cita en el registro para inscribirla. Una vez pasase esa fase, ya se haría oficial. No había vuelta atrás. Pero no pasa nada, aunque tardamos varios meses en dar con el nombre, ya era seguro... ¿no?

Pues...

El lunes por la tarde/noche le presentamos a la niña a una amiga británica que tenemos, y le dijimos su nombre. Ella lo repitió en su acento inglés, con sus sonidos ingleses intentando acercarse lo más posible a la pronunciación vasca del nombre. Y de repente algo hizo click en mi cabeza.

"Alaia". Que en inglés británico suena exactamente igual que "A liar" (un mentiroso / una mentirosa).

¡Habíamos estado a punto de darle a nuestra hija un nombre que en el país donde vivimos siempre se confundiría con UNA MENTIROSA! Después del momento de pánico inicial nos pusimos a revisar listas de nombres de niña y a probar cómo sonaban. Y al poco tiempo dimos con la solución.

Nuestra segunda hija se llama (porque ya está registrada como tal) Amaia. Que se parece bastante pero no suena a acusación de ningún tipo. Todavía nos confundimos y la llamamos Alaia la mitad de las veces (al fin y al cabo han sido meses de referirnos así a ella), pero poco a poco nos vamos acostumbrando al nombre.

La cosa ha quedado en una curiosa anécdota que contarle a nuestra hija cuando crezca, pero ahora mismo la sensación que reina en casa es la de "menuda bala hemos esquivado". Y si eso nos enseña algo, amigos míos, es a que tenéis que tener mucho cuidado con los nombres que le ponéis a vuestros hijos en caso de que estéis viviendo en un país extranjero, y hacer que un nativo lo pronuncie delante de vosotros varias veces para ver si hace saltar alguna alarma.

jueves, 2 de febrero de 2017


*Papá en UK abre el blog y mira la fecha del último post. Se da cuenta, con una mezcla de sorpresa y horror, de que hace casi seis meses que no publica una sola entrada. Disimulando, se pone a escribir como si acabase de publicar el post previo ayer mismo.*

Una nueva semana, una nueva polémica. ¡Lo que nos aburriríamos si no fuese por ellas! En esta ocasión le ha tocado el turno a las declaraciones de Samanta Villar para una entrevista que se publicó la semana pasada. Sobre todo con el titular donde dice que tener un hijo es perder calidad de vida. Son un tipo de declaraciones que siempre levantan mucho revuelo, así que era bastante de esperar (tanto que cuesta pensar que no lo haya buscado a propósito) que hubiese polémica.

He leído todo tipo de declaraciones, a favor y en contra. Entre ellas, me han llamado la atención los comentarios hechos desde ciertas posiciones que critican duramente a Villar y a quienes comparten su opinión. Son gente que ha vivido (o que vive) una maternidad mágica, o una maternidad idílica, para quienes todo es perfecto y positivo y maravilloso. Son gente que opina que madres como Villar son malas madres, o han sido madres a la fuerza, o simplemente que no sabe lo que dice. Es una postura con la que no estoy para nada de acuerdo: hay gente que, efectivamente, por su conjunto de circunstancias, tienen la suerte de haber vivido una experiencia absolutamente positiva. O personas para las que ser [p|m]adres era la máxima ilusión de su vida y se han encontrado completamente realizados. Pero es injusto (y equivocado) acusar a todos aquellos que no viven la paternidad como ellos de ser malos padres o de estar equivocados.

Por otra parte, está la postura que defiende Villar en su entrevista, donde también generaliza, pero en sentido contrario. Según ella, todo el mundo pierde calidad de vida y felicidad al tener un hijo, a todos nos engañan con respecto a lo que es ser padres, y considera que lo normal es poco menos que arrepentirse de haberlo hecho. Donde afirma que lo mejor es ser tíos, porque así vives los momentos buenos pero te libras de los malos. También creo que ella se equivoca.

No hay dos personas en este mundo que vivan el ser padres de la misma forma. Ni siquiera ambos progenitores tienen la misma experiencia con un mismo hijo. Todo depende del conjunto de circunstancias que rodean a cada uno, de la cantidad de hijos que se tengan, de cómo se comporten, de la propia personalidad de cada uno de nosotros... De mil y un factores más que invalidan las generalizaciones, ya sean en un sentido o en el en otro.

Lo que sí que es cierto es que la sociedad nos vende muchas veces una imagen muy idílica de la paternidad, donde todo es ideal y maravilloso, y que no te prepara para los momentos más duros y difíciles (que los hay). Como bien dicen Rufus Griscom y Alisa Volkman en su charla de TED hay una serie de temas que parecen tabú a la hora de hablar de la paternidad. Y son precisamente esos temas los que hay que dar a conocer, porque son complicaciones y dificultades que pueden estar ahí y a las que hay que saber enfrentarse. Me gusta especialmente lo que comentan a partir del minuto 11:30 sobre cómo varios estudios han encontrado que la percepción de la propia felicidad en una pareja cae en un profundo valle desde el momento en que se tiene un hijo del que no se sale hasta que tu primogénito empieza la universidad y de cómo consideran que, de haber más información disponible acerca de qué aspecto tienen los momentos complicados de la crianza, de modo que la gente estuviese más preparada para ellos, probablemtente ese valle sería bastante menos profundo.

En mi caso particular, ¿puedo decir que la paternidad me ha quitado calidad de vida? Honestamente: sí, lo ha hecho. Duermo menos, estoy sometido a más estrés y más preocupaciones en mi día a día, hago menos deporte (con el consiguiente aumento de peso), tengo mucho menos tiempo para poder dedicarlo simplemente a mi mujer y a mí mismo (sin que esté la peque de por medio)... En ese aspecto sí, mi calidad de vida ha empeorado. Ahora bien, ¿cambiaría una sola cosa de mi hija y de mi relación con ella o renunciaría aunque solo fuese a una mínima parte de mi tiempo con ella para tener alguna de las cosas que he listado antes? También lo tengo muy claro: NO. Jamás. Ni por un solo momento.

No solo eso, sino que incluso a sabiendas de lo duro que en ocasiones puede llegar a ser el ser padres, hace unos meses decidimos dar el salto e ir a por el segundo (por cierto, casi con toda seguridad va a ser otra niña). Porque no todo es tan bonito como lo pintan algunos, pero es mucho menos horrible que cómo lo pintan otros.

*Satisfecho con el resultado, Papá en UK termina de releer lo que acaba de escribir y hace click en Publicar otra vez después de todo este tiempo, mientras anota mentalmente que, algún día, tiene que explicar por qué ha pasado tanto tiempo desconectado.*

sábado, 20 de agosto de 2016


Nuevamente ha llegado ese fantástico momento de la semana en que tratamos el tema que @PapásBlogueros nos propone cada siete días, #ElTemaDeLaSemana. Esta vez se trata de un tema de lo más interesante, y algo sobre lo que suelen asumirse cosas muchas veces de forma incorrecta.

El tema de esta semana es: El deseo de los hombres por ser padres

Y es que en este mundo en el que los bebés son cosas de mujeres, la idea preconcebida que se tiene es que son ellas las que siempre insisten en querer hijos. Que nos tienen que perseguir, presionar y dar la tabarra constantemente hasta que nosotros cedemos y accedemos a tener descendencia. No sin antes una fase de negociación donde imponemos una serie de condiciones y ventajas a cambio de sacrificar nuestro viril espíritu libre e hipotecar nuestro futuro con un bebé.

Vale, vale, igual he exagerado y dramatizado un poco... Pero lo esencial sí que es una idea demasiado extendida: si tienes (o vas a tener) un hijo es porque ella quería. Nosotros, simplemente, aceptamos.

Pero esa no es la realidad que yo he vivido ni la de (creo) ninguno de los padres que conozco. Nosotros sí queríamos tener hijos. También deseábamos vivir la experiencia de tener un hijo, de verle crecer, tratar de educarle para que sea la mejor persona posible, y disfrutar del proceso junto a nuestras parejas. Queríamos vivir la paternidad y somos felices haciéndolo.

En mi caso, de hecho, fui yo el que desde el principio sabía que deseaba tener hijos. Mi mujer, en cambio, no estaba del todo segura de querer o no. No lo tenía claro, y fue algo que hablamos en diversas ocasiones. Mi postura siempre fue la misma: Yo quería tener hijos, pero solo si era algo que queríamos ambos. Si finalmente ella decidía que no quería ser madre, yo lo respetaría y no los tendríamos. ¿Me hubiese dado pena? Pues sí. Pero creo que ser padres es algo demasiado importante como para que una de las dos partes lo haga en plan "Bueno, venga, vale, pero porque tú quieres". No es como ir a ver una película de acción al cine cuando lo que te apetece es quedarte en casa leyendo. Es algo que te cambia la vida de arriba abajo y no es una decisión que tomar a la ligera.

Al final ella decidió que también quería tenerlos, y aquí estamos. La peque está ahora mismo jugando en la habitación con su yayo mientras yo escribo esto, y mi mujer está sentada a mi lado en el sofá, llevando a nuestro futuro segundo hijo en su interior.

Ser padres es una de las cosas más alucinantes, aterradoras, emocionantes, agotadoras y divertidas que he vivido jamás. Y no cambiaría esa mirada de felicidad que me lanza mi hija cuando llego a casa del trabajo por nada del mundo entero. Es algo que he querido de siempre. Por mucho que parte de la sociedad haya intentado durante años bombardearme con una idea diferente.

martes, 16 de agosto de 2016


Parece mentira lo rápido que pasa el tiempo. Prácticamente fue ayer cuando publicaba una entrada donde le escribía una carta a la peque acerca de cómo había vivido y sentido sus primeros diez meses de vida. Y ya estamos hoy aquí, celebrando los 18 meses.

Es alucinante ver el ritmo al que crece y cambia la peque. Tanto, que siempre tengo la impresión de estar perdiéndome algo. Es increíble, emocionante y un poco aterrador. Pero no lo cambiaría por nada del mundo. La veo trepando las escaleras cada día mejor, interactuando más y más con su entorno y la gente que la rodea, y no puedo sino maravillarme día a día. Sigue siendo mi bebé, pero a la vez la veo poco a poco convirtiéndose en una niña mayor. Y estoy deseando salir de la oficina a lo Pedro Picapiedra cuanto antes para volver a casa y estar con ella.

Un año y medio que se ha pasado en un suspiro, y que celebramos solo un día después de otro gran evento en nuestras vidas: La primera ecografía del renacuajo, la de las 12 semanas, que tuvimos ayer mismo. La primera vez que podemos ver al que será nuestro segundo hijo y que, si todo va bien, se llevará dos años casi exactos con la peque.

¡Saludad todos al renacuajo!



De momento nos han confirmado que todo marcha bien: la prueba de la translucencia nucal ha salido dentro de los márgenes normales, todo parece estar en su sitio, y nos han asegurado que solo hay un bebé en camino. La única pena es que no nos pudieron decir si va a ser un niño o una niña... Aunque todavía andamos dudando sobre si queremos saberlo antes del nacimiento o no.

El mes que viene tenemos vacaciones y mudanza, así que va a ser una temporada movidita. Pero de momento hoy podemos relajarnos un poco y disfrutar de dos hitos muy importantes en nuestras vidas y las de nuestros hijos.

domingo, 14 de agosto de 2016


¡Feliz domingo, papás y mamás del mundo! Una vez más, casi sobre la bocina, llega el momento de responder a la pregunta que nos plantea @PapásBlogueros en #ElTemaDeLaSemana.

El tema de esta semana es: ¿Qué legado quieres dejar?

Decía mi padre en alguna ocasión que una de las cosas que él consideraba como un éxito a la hora de criar a unos hijos es que puedan alcanzar un mayor nivel de educación y formación de la que tuvo la generación anterior. Para él, uno de los legados más importantes que nos podía dejar era el que tuviésemos acceso a la mejor educación posible. Y es una meta que alcanzaron "with flying colors", que dicen por estas tierras.  Dos hijos, uno de ellos con un máster y el otro (yo) con un doctorado en telecomunicaciones.

Y reconozco que el legado que quiero dejarles a mis hijos está muy influenciado por ese punto de vista de mis padres.

Quiero darles a mis hijos el acceso a la mejor educación posible. Que si deciden que quieren estudiar medicina, una ingeniería, alguna filología o, líbreme dios, Bellas Artes [1], puedan hacerlo de la mejor manera posible. Pero también quiero que sean lo suficientemente autónomos y fuertes como para poder decidir por ellos mismos lo que quieren hacer con sus vidas. Ya sea estudiar, o trabajar, o lo que sea. Quiero poder dejarle a su disposición todas las herramientas posibles para que tomen el timón y sean dueños de sus propias vidas. Que sean personas decentes y responsables, que vivirán sus buenos y sus malos momentos, con sus equivocaciones y sus aciertos, como todo el mundo, pero que siempre sean ellos los que tengan la última palabra sobre lo que hacen y a dónde van con su vida. Que sean capaces de caer y levantarse. Que tengan conciencia social, que sean feministas.

Y sobre todo, sobre todo, que sean felices.

¿Que legado quiero dejar a mis hijos? Es fácil: La posibilidad de que vivan una vida feliz. No hay nada más alto a lo que aspirar.

[1] ¡¡Es broma, es broma!! ¡Bellas Artes me parece una opción tan válida como cualquiera de las anteriores!

jueves, 11 de agosto de 2016


Tener rutinas con los peques es bueno y necesario, todos sabemos eso. Lo que he descubierto con la peque es que las rutinas son algo muy peculiar. Se podría decir que son siempre las mismas (por algo son rutinas, ¿no?), pero a la vez cambian mucho en muy poco tiempo. A veces de golpe, a veces poco a poco, en ocasiones para pasar a ser algo completamente nuevo, otras para volver al punto de partida.

Hoy estoy pensando, en concreto, en la rutina de antes de ir a dormir. Ese ritual en el que preparamos a los peques para poder disfrutar (ellos y nosotros) de unas merecidas horas de sueño reparador. En casa, desde hace ya bastante, soy yo el que se hace cargo de esa rutina. Supongo que vuestra rutina de antes de ir a dormir no será muy distinta a la nuestra: cena (en nuestro caso, normalmente preparada por mamá), baño, preparativos para dormir, y a la cama. Son sobre todo esos preparativos para dormir los que parecen cambiar, por plena voluntad de la peque, casi de semana en semana.

Desde el momento en que salimos del baño, y mientras subimos las escaleras para ir al dormitorio [1] ya le empiezo a hablar en un tono mucho más bajito y calmado, para ir induciendo ese estado de "relax absoluto pre-sueño". Secarla bien, lavarle los dientes (lo cual casi siempre acaba en llantos), darle aceite por todo el cuerpo para hidratarla bien, y ponerle el pijama. Mientras tanto, mi mujer aprovecha para recoger los cacharros de la cena y poner un poco de orden en la planta de abajo.

Hasta ahí, todo bien.

Hasta hace un par de meses, el paso siguiente a ponerle el pijama era meterla en la cama, acurrucarme a su lado con un cuento, leerlo juntos, apagar la luz y estar pegado a ella hasta que se dormía.

Pero más o menos a la vez de enterarnos de que íbamos a tener un segundo bebé, la rutina cambió. La peque ya no quería leer un cuento conmigo. Tan pronto como poníamos el pijama exigía estar con su madre. Ella tenía que dejar lo que estuviese haciendo, subir a la habitación, enganchar a la peque al pecho, y solo así la enana se calmaba y se quedaba dormida.

Hasta hace un par de semanas, cuando decidió que cama, mamá y teta no eran suficientes. A pesar de estar relajada y mamando, no había forma de que la peque cerrase los ojos y se fuese a dormir. Si pasaba demasiado tiempo así, en vez de dormirse se revolucionaba y empezaba a trepar por encima de su madre. Así que la solución fue que yo la cogiese en brazos, me la llevase al piso de abajo y solo así, a oscuras y en brazos de papá, conseguíamos que se durmiese.

Ahora, desde hace un par de días, estoy intentando retomar el leerle un cuento antes de dormir. Pero se niega a meterse en la cama para escucharlo. En vez de eso, ahora lo que quiere es que yo la pasee en brazos por la habitación mientras le leo el cuento. Una vez terminamos, viene mamá, le da el pecho un rato, me pasa a la peque, me la llevo para abajo, y una vez se duerme volvemos a subir al dormitorio.

Ayer se volvió a quedar dormida al pecho de mamá, pero esta vez habiendo leído un cuento... ¿Será el inicio de una nueva fase de la rutina? ¿Habrá sido un "one time only"? ¿Qué nuevo elemento incorporaremos a la rutina la semana que viene?

Y sobre todo... ¿a vosotros os pasa lo mismo con vuestros peques? ¿Son igual de flexibles en su rutina de irse a dormir?

[1] Hasta finales de septiembre vivimos en la típica casa inglesa de dos plantas con los dormitorios en la planta de arriba, el resto de habitaciones en la de abajo y unas escaleras empinadas como un demonio en el centro. Un auténtico coñazo (y un peligro) si tienes un bebé, pero hay que reconocer que la peque ha aprendido a subir y bajar escaleras a una velocidad pasmosa para su edad.